Durante los
últimos años su correspondencia había ido en aumento y era una parte importante
de su contacto con el mundo. Un poco malhumorado por la noticia de la ausencia
de noticias, apuró su habitual desayuno de leche y cereal (como recomendaban
los médicos), y salió a la calle.
Todo estaba como
siempre: los mismos vehículos de siempre transitaban las mismas calles y
producían los mismos sonidos en la ciudad, que se quejaba igual que todos los
días. Al cruzar la plaza casi tropezó con el profesor Exer, un viejo conocido
con quien solía charlar largas horas sobre inútiles planteos metafísicos. Lo
saludó con un gesto, pero el profesor pareció no reconocerlo; lo llamó por su
nombre pero ya se había alejado y Sinclair pensó que no había alcanzado a
escucharlo.
El día había
empezado mal y parecía que empeoraba con las posibilidades de aburrimiento que
flotaban en su ánimo. Decidió volver a
casa, a la lectura y la investigación, para esperar las cartas que con
seguridad llegarían aumentadas para compensar las no recibidas antes.
Esa noche, el
hombre no durmió bien y se despertó muy temprano. Bajó y mientras desayunaba
comenzó a espiar por la ventana para esperar la llegada del cartero. Por fin lo
vio doblar la esquina, su corazón dio un salto. Sin embargo el cartero pasó
frente a su casa sin detenerse. Sinclair salió y llamó al cartero para
confirmar que no había cartas para él. El empleado le aseguró que nada había en
su bolso para ese domicilio y le confirmó que no había ninguna huelga de
correos, ni problemas en la distribución de cartas de la ciudad.
Lejos de
tranquilizarlo, esto lo preocupó más todavía. Algo estaba
pasando y él debía averiguarlo. Buscó una chaqueta y se dirigió a casa de su
amigo Mario.
Apenas llegó, se
hizo anunciar por el mayordomo y esperó en la sala de estar a su amigo, que no
tardó en aparecer. El hombre avanzó al encuentro del dueño de casa con los
brazos extendidos, pero este se limitó a preguntar:
-Perdón señor,
¿nos conocemos?
El hombre creyó
que era una broma y rió forzadamente presionando al otro a servirle una copa.
El resultado fue terrible: el dueño de casa llamó al mayordomo y le ordenó
echar a la calle al extraño, que ante tal situación se descontroló y comenzó a
gritar y a insultar, como avalando la violencia del fornido empleado que lo
empujó a la calle….Camino a su casa, se cruzó con otros vecinos que lo ignoraron o actuaron con él como si fuera un extraño.
Una idea se
había apoderado del hombre: había una confabulación en su contra, y él había
cometido una extraña falta hacia aquella sociedad, dado que ahora lo rechazaba
tanto como algunas horas antes lo valoraba. No obstante, por más que pensaba,
no podía recordar ningún hecho que pudiera haber sido tomado como ofensa y
menos aun, alguno que involucrara a toda una ciudad.
Durante dos días
más, se quedó en casa esperando correspondencia que no llegó o la visita de
alguno de sus amigos que, extrañado por su ausencia, tocara su puerta para
saber de él; pero no hubo caso, nadie se acercó a su casa. La señora de la
limpieza faltó sin aviso y el teléfono dejó de funcionar.
Entonado por una
copita de más, la quinta noche Sinclair se decidió a ir al bar donde se reunía
siempre con sus amigos, para comentar las pavadas cotidianas. Apenas entró, los
vio como siempre en la mesa del rincón que solían elegir. El gordo Hans contaba
el mismo viejo chiste de siempre y todos lo festejaban como era costumbre. El
hombre acercó una silla y se sentó. De inmediato se hizo un lapidario silencio,
que marcaba la indeseabilidad del recién llegado. Sinclair no aguantó más:
-¿Se puede saber
qué les pasa a todos conmigo? Si hice algo que les molestó, díganmelo y se
terminó, pero no me hagan esto que me vuelve loco…
Los otros se
miraron entre sí entre divertidos y fastidiados. Uno de ellos hizo girar su
índice sobre su sien, diagnosticando al recién llegado. El hombre volvió a
pedir una explicación, luego rogó por ella y por último, cayó al suelo
implorando que le explicaran por qué le hacían eso a él.
Sólo uno de
ellos quiso dirigirle la palabra:
-Señor: ninguno
de nosotros lo conoce, así que nada nos hizo. De hecho, ni siquiera sabemos
quién es usted…
Las lágrimas
comenzaron a brotar de sus ojos y salió del local, arrastrando su humanidad
hasta su casa. Parecía que cada uno de sus pies pesaba una tonelada.
Ya en su cuarto,
se tiró en la cama. Sin saber cómo ni por qué, había pasado a ser un
desconocido, un ausente. Ya no existía en las agendas de sus corresponsales ni
en el recuerdo de sus conocidos y menos aún en el afecto de sus amigos. Como un
martilleo aparecía un pensamiento en su mente, la pregunta que otros le hacían
y que él mismo se empezaba a hacer: ¿Quién eres?
¿Sabía él
realmente contestar esta pregunta? Él sabía su nombre, su domicilio, el talle
de su camisa, su número de documento y algunos otros datos que lo definían para
los demás; pero fuera de eso: ¿Quién era, verdadera, interna y profundamente?
Aquellos gustos y actitudes, aquellas inclinaciones e ideas, ¿eran suyos
verdaderamente? ¿o eran como tantas otras cosas: un intento de no defraudar a otros
que esperaban que él fuera el que había sido?
Algo empezaba a
estar claro: el ser un desconocido lo liberaba de tener que ser de una manera
determinada. Fuera él como fuera, nada cambiaría en la respuesta de los demás. Por primera vez
en muchos días, encontró algo que lo tranquilizó: esto lo colocaba en una
situación tal, que podía actuar como se le ocurriera sin buscar ya la
aprobación del mundo. Respiró hondo y
sintió el aire como si fuera nuevo, entrando en los pulmones. Se dio cuenta de
la sangre que fluía por su cuerpo, percibió el latido de su corazón y se
sorprendió de que por primera vez NO
TEMBLABA.
Ahora que por
fin sabía que estaba solo, que siempre lo había estado, ahora que sabía que
sólo se tenía a sí mismo, ahora… podía reír o llorar… pero por él y no por
otros. Ahora, por fin,
lo sabía: SU PROPIA EXISTENCIA NO DEPENDÍA DE OTROS
Había
descubierto que le fue necesario estar solo para poder encontrarse consigo
mismo…
Se durmió
tranquila y profundamente y tuvo hermosos sueños….Despertó a las diez de la
mañana, descubriendo que un rayo de sol entraba a esa hora por la ventana e
iluminaba su cuarto en forma maravillosa.
Sin bañarse,
bajó las escaleras tarareando una canción que nunca había escuchado y encontró
debajo de su puerta una enorme cantidad de cartas dirigidas a él. La señora de la
limpieza estaba en la cocina y lo saludó como si nada hubiera sucedido. Y por la noche
en el bar, parecía que nadie había registrado aquella terrible noche de locura. Por lo menos,
nadie se dignó a hacer algún comentario al respecto. Todo había
vuelto a la normalidad…
Salvo él, por
suerte, él, que nunca más tendría que rogarle a otro que lo mirara para poder
saberse… él, que nunca más tendría que pedirle al afuera que lo definiera… él,
que nunca más sentiría miedo al rechazo… Todo era igual,
salvo que ese hombre nunca más se olvidaría de quién era.
-Y este es tu
cuento, Demián -siguió el gordo-. Cuando no tienes registro de tu dependencia
frente a la mirada de los otros, vives temblando frente al posible abandono de
los demás que, como todos, aprendiste a temer.
Y el precio para
no temer es acatar, es ser lo que los demás, “que tanto nos quieren”, nos
presionan a ser, nos presionan a hacer y nos presionan a pensar.
Si tienes “la
suerte” del personaje de Papini y el mundo, en algún momento, te da la espalda,
no tendrás más remedio que darte cuenta de lo estéril de tu lucha.
Pero si no
sucede así, si tienes la “desdicha” de ser aceptado y halagado, entonces… estás
abandonado a tu propia conciencia de libertad, estás forzado a decidir:
acatamiento o soledad; estás atrapado entre ser lo que debes ser o no ser nada
para nadie.. Y de allí en más…podrás ser, pero sólo, sólo y sólo para ti.

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